Hoy voy a contaros un cuento. Es un cuento muy cortito. Chiquitín. Es tan pequeñito que casi no llega ni a contarse… Es la brevísima historia de un niño. Un niño algo solitario. ¡Qué digo algo! No, no no. Bastante solitario. Y muy tímido. Mucho. Era una de esas que ahora llaman personas introvertidas. O personas sensibles. O personas muy sensibles. Tampoco estoy muy seguro.
A las gentes modernas de ahora les encanta ponerle etiquetas a todo. Y clasificarlo todo en listados y en filas y en columnas. Y en estudios. Sobre todo en estudios. Dicen cosas como «tenemos un nuevo estudio que concluye que…», y sin embargo, yo que no he sido capaz de concluir nada jamás en toda mi vida. Y también gustan mucho de ponerle nombres a todas las cosas y a todos los casos. Pero yo esto no lo acabo de entender del todo, la verdad… Porque la vida es mutable, y entonces, las etiquetas son inútiles. Eso creo. Sí.
Pero bueno, a lo que voy.
A este niño le costaba mucho hacer amigos. Pero no le costaba tanto porque fuera un niño raro ni especial ni nada por el estilo. No, no no. Le costaba hacer amigos solamente porque se aburría mucho, muchísimo, con las cosas corrientes que el resto de los niños hacían.
Y se aburría tanto con sus iguales que desde muy pequeñito se hacía preguntas que los demás niños no se hacían nunca. ¿Qué hago yo aquí? ¿en qué consiste vivir? ¿adónde tengo que ir? ¿hasta dónde tengo que llegar?… Pero los niños en su inocencia, también pueden llegar a ser muy crueles, y él lo sabía porque así lo sentía. Y de esta forma es como del aburrimiento se pasa a la timidez. Porque sabes sin saber por qué sabes, que nadie te puede entender porque en el fondo no quieren hacerlo.
Y él seguía soñando…
Soñaba con viajar lejos, muy, muy lejos. Y es que él aún no lo sabía, pero en realidad quería ser un explorador. Uno de esos exploradores que nunca saben adonde están yendo, y lo más importante es que nunca saben bien adonde están llegando. Y eso sería lo que acabaría haciendo el resto de su vida, explorar sin saber dónde, y descubrir sin saber qué.
Sin embargo mucho antes de todo esto, un día, uno como otro cualquiera, siendo nuestro protagonista sólo un mozalbete pubescente, perdió a la persona más importante de su vida en aquel momento. Y eso le cambió. Alteró completamente el curso de su vida. O eso fue lo que él creyó durante muchísimo tiempo. Aunque tal vez no fuese así. Quién sabe. Estas cosas nunca se llegan a saber de verdad.
Y así fue que pasaron muchos más años. Y durante todo ese tiempo él siempre estuvo acompañado y observado. Así lo sentía. Quería sentirlo. Y necesitaba hacerlo. Pero siempre en absoluto silencio. Ese silencio que nace a través de una observación quiescente… ¡Qué palabra tan hermosa!… «Quiescente, aquello que aún siendo, no se ve». El silencio quiescente de una mirada envolvente, hermosa y protectora.
Y creció. Conoció a una chica lindísima, y se casó con ella. Tuvieron tres hijos adorables. Dos nenas y un nene. Sin embargo, él no era feliz. Había algo que no terminaba de encajar. Una especie de nudo interior que atormentaba permanentemente los pensamientos y los sentimientos de aquel niño que una vez fue.
Y siguieron pasando muchos más años, viviendo y haciendo lo que se suponía que tenía que hacer. Es así, ¿no? Hay que hacer lo que se supone que se debe hacer. ¿Qué otra cosa puedes hacer? ¿acaso no se supone que los demás siempre esperan algo de nosotros?…
Hasta que un día, al atardecer, no se sabe bien por qué lo hizo, bajó al garaje de su casa, sacó su teléfono del bolsillo y lo puso sobre un tablero que había colocado extendido en el suelo. Entonces rebuscó en la caja de herramientas que habitualmente usaba en casa para los arreglos domésticos, extrajo el martillo y… ¡¡¡ZAS!!!
Aquel aparatejo estalló como si de una pequeña supernova se tratara. Había destrozado de un plumazo aquel teléfono, el suyo. Ya no podían llamarle. Ni buscarle. Ni preparar reuniones, ni citas, ni acuerdos, ni enviarle correos electrónicos con información confidencial, ni ninguna de todas aquellas tonterías que, aquel niño que una vez fue, siempre había considerado superficiales, vacías, inútiles, e insustanciales…
Y entonces sucedió. Como una premonición.
Después de años y años y años con un enorme sufrimiento interno, de contradicciones, de dudas, de sueños imposibles, de amaneceres sin ilusiones… fue entonces cuando comenzó la música. Las melodías surgieron por doquier. Todos aquellos ruidos permanentes de su vida se desvanecieron. Y aquella música lo llenó completamente por dentro, e invadió todo su mundo.
Y aquel niño que una vez fue, se dio cuenta en aquel momento que acababa de descubrir el mayor de todos los tesoros que puedan llegar a existir jamás: la Evolución.
Y la música se convirtió en Amor,
y el Amor en palabras,
y las palabras en hechos,
y los hechos en costumbre.
Y ya nada nunca fue igual.
«Como una mariposa que surge de una crisálida, resultado de un proceso de evolución en un estado quiescente» (Cuaderno de notas de Roberto Ar. López)
(*) Este relato corto surgió a raíz del siempre maravilloso diálogo que a través de la frecuente correspondencia mantengo con Isabella Ciampi. Es nuestro precioso interflujo de energía. Hago esta referencia porque naturalmente, la inspiración para este cuento vino con ella el 23 de mayo de 2024.
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