Debió de suceder como a finales de julio de aquel año.
―¿Qué te pasa? ―me preguntó.
―Nada ―respondí con los ojos lacrimosos―. ¡Ven! ―añadí abrazándome a ella como un niño pequeño indefenso.
―No estés triste ―me dijo.
―No es tristeza mamá. Ni tampoco sufro. Es amor.
Había estado recordando aquella tarde de hace muchos, muchos años. No sé. Quizá por entonces yo tuviera siete u ocho años. No me acuerdo bien. Esa tarde tuve una rabieta por un juguete. Lo quería. Y me enfadé con ella. No puedo saber bien si me enfadé mucho o poco. Habría que habérselo preguntado a ella. Hace ya demasiado tiempo.
Pero sí que sé, porque así se impregnó en mi recuerdo y en mi conciencia, que aquella tarde de aquel día, fue uno de los días en que peor me porté con ella. Sin embargo, yo era pequeño y aquella rabieta surtió efecto…
Aún puedo recordar, pero sobre todo sentir; sí eso es, todavía puedo sentir lo mal que aquel niño egoísta y caprichoso se lo hizo pasar. Pero yo era su niño pequeño, y ella, mi madre, me compró el juguete.
La cosa es que a mí el juguete ya me daba un poco igual, porque en aquel pequeño trayecto que había desde mi casa hasta la tienda del pueblo, esas pequeñas y abarrotadas tiendas que vendían todas las cosas que la gente necesitaba, yo aprendí sin saber por qué a sentirme miserable.
Cuando llegamos a la tienda, aquel juguete por el que había estado pataleando ya no estaba. Alguien se me había adelantado. Pero no pensaba marcharme de allí con las manos vacías… no, eso no. En su lugar decidí escoger otro…
Cuarenta y muchos años más tarde, la imagen y el recuerdo de aquel muñeco y su caballo todavía me acompañan. En realidad siempre lo han hecho. Aún puedo verlo. Nunca fue aquel juguete que yo andaba buscando aquella tarde. Todos aquellos pequeños y extraños accesorios que yo no había visto nunca me tenían confundido ―¿qué será todo esto?― me decía yo. Yo no había tenido aquella rabieta y aquel pataleo por aquel muñeco que no sabía bien qué era ni para qué podrían servir todas sus cositas…
Pero así es exactamente la naturaleza de un auténtico viaje. El viaje de la vida. Y el del amor. Una naturaleza incierta, siempre.
Aquel juguete me encontró a mí porque eso era lo que yo necesitaba.
Y mi madre estaba justo allí, en ese instante cósmico, totalmente dispuesta, preparada y entregada a ser el nexo de unión entre el alma de su hijo y su destino, el propósito de su vida, lo que daría sentido a la conciencia que iba a experimentar durante los años venideros.
Aquella tarde yo no lo sabía, pero aquel muñeco era un explorador.
De hecho, aquella tarde fui mi primer explorador.
Y en ese mes de julio en el que me abracé a ella, fue el último que mi madre y yo estuvimos juntos.
«Pero así de incierta es la vida, y a veces las respuestas aparecen mucho, muchísimo tiempo después. Aparecen, y esto es muy importante, solamente cuando estás preparado para recordar y sentir. Y no te preocupes, alguien te avisará» (página 29, Cuento Sentisciente).
© 2026 Roberto Arévalo López. Todos los derechos reservados.

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