Hace unos días leía brevemente un artículo de alguien, en el que exponía que la «amigabilidad» excesiva de la inteligencia artificial puede conducir, y de hecho conduce a una falsa percepción de nuestras propias convicciones. Esto es, que te dice aquello que quieres oír. Y pensé: «bueno, esto no es solo exclusivo de la inteligencia artificial».
Hace ya algunos meses apunté en mi cuaderno de notas que, cierto día habían descubierto (¡oh, sorpresa!) que la inteligencia artificial podía inducir recuerdos falsos en la memoria de los usuarios, utilizando preguntas tendenciosas que habría aprendido a formular. Lo que viene llamándose «manipulación». (Por cierto, lo cual demuestra que el secreto del discernimiento está oculto en la naturaleza y la estructura de la pregunta).
Pero todo esto no son problemas de la inteligencia artificial. Para nada.
La especie humana es «primitivamente» auto-complaciente y auto-compadeciente. Y digo «primitivamente» porque esta es una cuestión de evolución. Sí, así es. De evolución personal, o interna si se quiere. Dicho de otra forma, los dos párrafos anteriores solo muestran efectos de una única causa: la conciencia.
Veamos esto desde otra perspectiva
El mundo entero, o buena parte de él, está viviendo inmerso en la mayor y más cruel época de manipulación que, yo personalmente jamás hubiese imaginado a mis años, y ello gracias a todo este «asunto global de la desinformación, y los llamados bulos o noticias falsas». Algo para lo que es indispensable el desarrollo de la tecnología, naturalmente.
Vaya por delante que sin la atención necesaria, no hay manipulación posible. Pero los humanos nos encantamos de nosotros mismos cuando nos autocomplacemos y nos autocompadecemos.
Tres aspectos quiero destacar.
Primero. La mentira es en la especie humana, y también en otros primates, no solo inevitable, sino que además resulta algo esperable. El problema en sí mismo no es la mentira, sino más bien la premeditación deliberada o el engaño (en términos de interflujo de energía, estaríamos ante una situación en la que la no-ausencia de intencionalidad provocará la tendencia al caos). Aunque puede ser incluso mucho peor, que es lo que sucede con el auto-engaño. O en otras palabras, con la no-conciencia consciente.
Segundo. Todas las descripciones siempre son parciales, tanto para las cosas que describimos como para los casos en los que se encuentran. Porque el lenguaje es limitado, ya que algo que surge del pensamiento es por defecto, subjetivo y personal. (He aquí la enorme importancia de sentir y percibir través de otros medios mucho menos limitados, cosa que trataremos en otros artículos más extensamente).
Por último. Como decía antes, el problema en sí mismo no es la mentira. De lo que se trata es de la incapacidad de discernir. Hay algo mucho peor que una persona (o máquina) malintencionada engañando deliberadamente, y es alguien que se lo cree. Sobre todo, si esa convicción se materializa por auto-complacencia y/o por auto-compasión.
No son las conciencias, podríamos decir malintencionadas, las que hay que cambiar. No, no es eso. Es en la dirección contraria. Es la no-conciencia consciente (que no discierne) la que ha de pasar a ser conciencia consciente (que sí discierne).
Parafraseando a Unamuno, diría que no se trata de que duermas más o menos, sino de que estés más o menos despierto. Porque no nos confundamos, la mentira, el engaño y auto-engaño, y la desinformación son las cosas, y los casos, que realmente necesitan tu atención y tu energía. Y no al revés.
Y he aquí uno de los porqués, de que la educación real brille por su ausencia.
© 2026 Roberto Arévalo López. Todos los derechos reservados.

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