Esa mañana estaba fresquita. Habíamos amanecido descansando del insoportable calor en la meseta del reino, cuando apareció Treccani como de costumbre: prodigio.
¡Vaya! –pensé para mis adentros–. Esta palabra no necesito apenas estudiarla.
Y en ese preciso instante, los pensamientos de mi cabeza y los anhelos de mi corazón comenzaron a dialogar entre ellos sin tan siquiera preguntarme…
Su Figura Perfecta,
su tacto suave como la seda,
sus dulces Besos como la miel,
capaces de abrir las Puertas del mismísimo Cielo...
su Hermoso pelo que «maravillosea» mis ojos...
y su Sonrisa...
¡Ay, su Sonrisa...!
la más Bonita Sonrisa de cualquier mundo presente y futuro,
que llena mi alma de felicidad...
Su Luz, un Milagro.
Mi asombro... contemplarla es mi Regalo.
Su Magia, el Prodigio.
Y mientras todo mi Ser se deleitaba entre tan Hermoso diálogo, vino hasta mí una idea. Una idea de una consistencia inaudita… El recuerdo de sus palabras; aquellas palabras que me hicieron saber aquella noche, que ella aún no sabe cuánto significa para mí:
–No quiero ser otro personaje más de uno de tus cuentos –me dijo.
–Tú no eres sólo un personaje –respondí–, nunca lo fuiste y nunca lo serás. Tú eres toda una historia…
Pero en ese momento me quedé cortísimo. Ella es una obra completa; ella inspira mi Obra.
Ella ha impregnado en mí la forma en la que ahora quiero mirar el mundo. Ella es lo más asombroso, milagroso y prodigioso que nunca jamás antes me había pasado…
Hará cosa de un año atrás, una noche de verano, como ésta, y muy calurosa como ésta, mientras escuchaba una discusión sin ningún sentido, mis pensamientos se fueron a buscarla… Y no sé bien cómo, mis oídos dejaron de escuchar, y mi corazón comenzó a dictarle a mis pensamientos:
«Ella ve el mundo de una forma distinta, única, especial, luminosa como nunca antes había contemplado…»
Durante unos breves minutos reflexioné, y me dije:
«Creo que podría describir su maravilloso mundo explicativo en tres principios: el primero, la bondad es la principal cualidad de la condición humana; el segundo, todas las personas dan lo mejor de sí mismas en cualquier circunstancia; y el tercero, todas las personas anhelan por encima de todo saberse y sentirse escuchadas».
Aquella noche no lo hice, pero tal vez habría que añadir el Amor a todo esto; añadir que todas las personas anhelan amar y ser amadas… No lo sé…
Su Delicadeza,
su Dulzura,
su Sensibilidad,
su Bondad,
y su Profundidad...
Me han permitido crear una forma para nombrar en este mundo la estela que ella va dejando tras de sí… un lugar que no aparece en los mapas.
Un lugar hecho de bondad, de escucha, de Belleza sublime, de asombro… y de Amor.
Un lugar que sólo puede contemplarse cuando alguien transforma para siempre tu manera de mirar el mundo.
Y he decidido llamarlo:
Paisaje Isabelliano.
© 2026 Roberto Arévalo López. Todos los derechos reservados.

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