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Mi Bósforo de Almásy

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Este es un bello relato. Breve pero hermoso. Una de esas breves historias que se quedan retenidas, tal vez para siempre, quién sabe… Una de esas historias breves que permanecen, que no se disuelven en el tiempo, que no se desvanecen en el espacio. Un relato que trasciende. Una historia realmente hermosa. En el fondo siempre lo fue, desde el principio. Pero, ¿dónde está el principio?

Veamos.

Ella tenía poco más de un añito de vida. Era tan sólo una bebé pequeñita. De sólo pensarlo se me eriza la piel…

Y además, estoy seguro que era una bebé preciosa… cuando yo, una noche de por aquel entonces, a miles de kilómetros de distancia, escuché esto por primera vez:

«Quiero… quiero este lugar… ¡Me encanta este hueco! ¿Cómo se llamará? Esto es mío… Pediré al Rey que esta maravilla se llame, el Bósforo de Almásy…»

(El paciente inglés, 1996)

Así es como el personaje de Almásy, completamente enamorado de K., rebautizó el pequeño hueco que se hallaba en la base del cuello de ella –la escotadura supraesternal–.

En aquel instante de mi vida, contemplando aquella escena, se apareció ante mí una idea, un anhelo, un deseo… un presagio: descubrir y explorar un territorio humano único. Un espacio irrepetible en el mundo. Hallar ese lugar sublime, simbólico, especial. Ese alguien que conecta todos tus sentidos con algo indescriptible, inefable, inabarcable, irresistible… arrollador.

Encontrar en este mundo a esa persona que, quizá de una forma fugaz y efímera, durante un instante o una eternidad, se transforme en un paisaje. Se convierta en el Paisaje más hermoso de toda tu vida… Aquello por lo que ha merecido la pena esperar…

Creo que no existe nada más sensual, más íntimo y más bello, que dibujar el deseo del Amor sobre el cuerpo desnudo de la mujer que amas…

Yo tenía por aquel entonces 23 años… y nunca fui consciente de que aquel anhelo, aquel deseo, aquella idea que había entrado en mi interior, se quedaría conmigo durante muchos, muchos años más… sin resolverse.

Y así fue que yo continué viviendo mi vida, ajeno a lo que mi alma anhelaba. Sin pensar, sin mirar, sin escuchar. Y prácticamente sin sentir. Porque mi alma vino a este mundo a expresar sentimientos, y yo vivía –sin saber bien cómo– sin hacer precisamente eso: expresar mis sentimientos… mis anhelos, mi sensibilidad. Vivía sin contar toda mi esencia. Sin mostrar aquello que realmente soy.

Y muy lejos de mí, o al menos lo suficiente como para no ser consciente de mi anhelo interior, la pequeña I. fue creciendo día tras día, mes tras mes, año tras año, y por algún don mágico que nace en su interior, y que yo siempre he sabido que posee, desarrolló un brillo digno de la más preciosa Estrella de Luz del Cielo…

Tardé veintisiete larguísimos años en encontrar aquel anhelo que había permanecido oculto dentro de mí…

Pero es que las cosas hermosas llevan tiempo. Llevan mucho, mucho tiempo…

Conocí a I. hace ahora casi tres años. Me enamoré de ella nada más verla. La Luz y la magia que brotan de ella maravillaron todos mis sentidos. Y poco a poco, muy lentamente, I. fue haciendo lo que ninguna otra mujer ni criatura de este mundo ha conseguido hacer en toda mi vida.

I. me enamoró el alma.

Cierto día le dije:

–¡Quiero gritarle al mundo entero cuánto Te Amo!

–¡Hazlo! –dijo ella–. ¡Dilo más alto! –añadió riendo.

«Creo que no me toma en serio», pensé para mis adentros.

Y en aquel momento quizá fuese así. Pero hoy, después de vivirnos por un tiempo fugaz y efímero, I. sabe que todo es cierto. Sabe que mis palabras jamás le han llegado solas… Y que es toda esa Preciosa Luz que irradia, la que ha iluminado y sigue iluminando cada uno de mis pasos.

Durante casi treinta años llevé dentro de mí un anhelo del que ni siquiera era plenamente consciente. Sólo al encontrarte comprendí qué era aquello que llevaba tanto tiempo buscando. «Mi Bósforo de Almásy» no es un hueco en la base del cuello. Es un símbolo. Es una imagen, un reconocimiento. Es la manifestación de que existe en el mundo una persona capaz de convertirse en un Paisaje interior, en un territorio simbólico único e irrepetible. Un día te encontré, y por fin, le puse nombre.

Y quiero que sepas, y que sepa todo el mundo, que nunca, jamás, he dejado, ni dejaré de cumplir mi promesa: todos los días de mi vida profeso mis votos de Amor para ti tal como te prometí.

Amarte cada día al amanecer como si fuera la primera vez.

Amarte eternamente.

Mi Bósforo de Almásy, 
tiene forma de Estrella,
acento italiano,
y una Preciosa Luz que resplandece,
como ninguna otra de este mundo.
Un lugar que habitaré eternamente,
esté donde esté.
A I. C. 
Mi Preciosa Estrella de Luz

© 2026 Roberto Arévalo López. Todos los derechos reservados.

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