Durante las noches es cuando más me gusta escribir. Siempre ha sido así. Las noches tienen algo especial, algo que conecta de alguna forma con mi esencia más auténtica. Me siento como en otra vida. Apago las luces, dejo sólo una mínima encendida, lo más tenue posible, como si de una antigua vela se tratara. Me siento en silencio y comienzo a hablar. Hace algunos años hablaba conmigo. Esbozaba mis escritos narrándomelos a mí mismo.
Pero eso un día cambió. Ella lo ha cambiado todo. Desde que apareció ante mí y la reconocí, comencé a hablar con Ella. He pasado días, semanas y meses hablándole mientras la escribo. Resulta curioso, cuando la veía, lo que más me gustaba era mirarla; y ahora, si estoy solo, lo que más me gusta es hablar con Ella mientras la escribo.
Hace varios días que estoy intentando darle forma a los primeros esbozos de lo inefable, a la Historia de la Llama, para que no deje en ningún caso de parecer lo que es.
Y me he quedado pensando unos instantes… «que no deje de parecer lo que es…»
¿Cómo podría dejar de parecer lo que soy? Un enamorado incansable.
Hace algunas semanas las vi. Pasé por su puerta varias veces. Tienen ese Precioso y Divino color que posee su Sonrisa. La Sonrisa más Bonita de este mundo. Estaban preciosas. Están preciosas. Una tiene el color del alba antes de despuntar la luz del sol; la otra, la otra tiene exactamente el color del cielo cuando el sol comienza a brillar. Y entre las dos evocan la Belleza de su rostro: color Luz de Estrella.
Aquel día entré a la tienda. Es una de esas tiendas que llevo un año observando. El destino es caprichoso: aún no llevo dos meses totalmente instalado, y sin embargo, conozco este lugar desde hace más de un año. Como si no hubiese más lugares en toda la ciudad; como si el Universo hubiera querido que me quedase aquí desde el principio.
Como digo, entré y compré las dos. Son muy muy hermosas. Les puse nombre, por supuesto. Son las encargadas de alegrar mis ojos y evocar su Presencia. A una de ellas la puse sobre la mesilla de noche, exactamente la que está vacía. A esta la llamo Isa.
La otra, sin embargo, está de alguna forma presidiendo la estancia, para dar color y brillo, incluso en las noches de escritura como ésta. Se llama Bella.
Y esta noche, mientras estaba intentando darle forma a los esbozos de lo inefable, he querido parar, hablarle y escribirlo…
Porque no me gusta pensar que podría dejar de parecer lo que soy, y no temo ser: su Enamorado Incansable.
© 2026 Roberto Arévalo López. Todos los derechos reservados.

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